Soledad Loaeza
No es la primera vez que la amplia
movilización de votantes por el PRI causa enojo, irritación y, sobre todo,
incredulidad. Ya en 1994 la crema y nata de la intelectualidad cayó en esa
trampa que la llevó a expresar, como ahora, opiniones despectivas hacia el
electorado priísta, al que no bajaron de manipulado, borrego y miedoso, sin
darse cuenta de que al expresarse de esa manera decían más de sí mismos que de
los priístas.