The New Republic
Hace diez años, escribí un libro titulado “Manual del perfecto idiota latinoamericano”
con el escritor colombiano Plinio A. Mendoza y el escritor cubano
Carlos A. Montaner. A menudo nos han preguntado cómo logramos ponernos
de acuerdo en cada frase. Lo cierto es que no lo hicimos. Tuvimos
importantes desavenencias. Como colombiano, Plinio era un gran admirador
de Simón Bolívar, el héroe venezolano que liberó a su nación de España a
comienzos del siglo diecinueve. Como persona oriunda del Perú, yo
sentía recelos ante el hombre que había asumido el título de dictador
del país donde nací. En un momento dado, la discusión sobre Bolívar se
tornó tan severa que parecía que tendríamos que desistir del capítulo
sobre el nacionalismo, en el cual Bolívar--un hombre menudo que bebía
poco, bailaba como un dios, jamás fumó, tenía predilección por la
hamaca, era un erotómano incurable y apenas empleaba el benigno "carajo"
como palabrota--era una figura central. Pero sin ese capítulo, no había
libro. Al final, ambos hicimos concesiones para salvarlo.
Este es el tipo de pasiones que Bolívar, el libertador de cinco
países sudamericanos (seis si se toma en cuenta a Panamá, que formaba
parte de Colombia) sigue despertando. Ni siquiera dos sudamericanos de
ideas afines son capaces de coincidir respecto de si fue un gran padre
fundador que se adelantó a su época o una de las razones por las cuales
América del Sur, dos siglos después de la independencia, vive todavía
una infancia política y económica. Mi propia opinión de él se ha vuelto
ligeramente más benigna, aunque insisto en que el Libertador fue, además
de una fuerza de la naturaleza en términos militares, un déspota
peligroso que no comprendía que la mejor manera de evitar aquello que
temía--el faccionalismo y la sublevación étnica y clasista contra la
elite criolla--era el Estado de Derecho y no un caudillismo ilustrado y
autoritario.