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sábado, 18 de agosto de 2012

La hora del vino mexicano

Por KATY MCLAUGHLIN

Estábamos mirando cómo los niños nadaban en la piscina del patio en Los Ángeles cuando mi amigo Juan Carlos, quien se crió en Tijuana, empezó a hablar maravillas de una sopa de pollo que probó recientemente y que le cambió la vida.
Según contó, la tomó en un restaurante ubicado en medio de la "región vinícola de México".
No tenía ni idea, admití, que había una región vitivinícola en México. Resulta que el Valle de Guadalupe es una zona con un microclima mediterráneo en Baja California donde se lleva produciendo vino desde hace más de un siglo. Y el área está en medio del tipo de renacimiento en la producción y atractivo turístico que experimentó el Valle de Napa, en California, en los años 70.
imageLuis Garcia for The Wall Street Journal
Vista de una vid en Adobe Guadalupe.
Hace una década, el área era conocida en la escena vitivinícola por ser casa de L.A. Cetto, un gigantesco productor de vinos para el nivel medio del mercado. Hoy, el Valle de Guadalupe presume de viñedos artesanales y los vinos de la región han mejorado lo suficiente para ponerse de moda y ser servidos en restaurantes modernos de Ciudad de México. Chefs de alta categoría están abriendo locales en el área y en los últimos años se han construido varios hoteles boutique.

jueves, 16 de agosto de 2012

Argentina: La hora de la simulación

Argentina: La hora de la simulación

Por Santiago Kovadloff
Es notable, por no decir dramático, el contraste entre el protagonismo creciente de la figura presidencial y la intrascendencia, cada día más acentuada, del ciudadano común. El primero proviene del monopolio insaciable de la palabra. La segunda, de la impotencia que se adueña de quien busca hacerse oír por aquellos que se niegan a escucharlo. Uno responde a la necesidad de acaparar la atención constante y exclusivamente. La otra, a la imposibilidad lisa y llana de ser tomado en consideración.
Como una ola gigantesca que todo lo barre a su paso, la inseguridad golpea con siniestra equidad a los distintos estratos sociales. El crimen ejerce su intendencia en todas las calles del país. Asociado al robo de lo que fuere, goza de un auge sostenido. No conoce el freno de la ley. Su magnitud está hipócritamente subestimada. Quienes tienen la responsabilidad de tomarlo en serio y combatirlo con eficacia acusan del mal a sus adversarios o niegan su relieve. Ese perverso Indec de la delincuencia asegura que no pasa lo que sucede. Los promotores de esa distorsión escalofriante no vacilan en afirmar que tres muertos a tiros no suman más que un contuso ni en rematar su ejercicio de la indignidad argumentando, sin que les tiemble la voz, que hogares y comercios asaltados no conforman una tragedia, sino una sensación.