Argentina: La hora de la simulación
Por Santiago Kovadloff
Es notable, por no decir dramático, el
contraste entre el protagonismo creciente de la figura presidencial y
la intrascendencia, cada día más acentuada, del ciudadano común. El
primero proviene del monopolio insaciable de la palabra. La segunda, de
la impotencia que se adueña de quien busca hacerse oír por aquellos
que se niegan a escucharlo. Uno responde a la necesidad de acaparar la
atención constante y exclusivamente. La otra, a la imposibilidad lisa y
llana de ser tomado en consideración.
Como una ola gigantesca que todo lo
barre a su paso, la inseguridad golpea con siniestra equidad a los
distintos estratos sociales. El crimen ejerce su intendencia en todas
las calles del país. Asociado al robo de lo que fuere, goza de un auge
sostenido. No conoce el freno de la ley. Su magnitud está
hipócritamente subestimada. Quienes tienen la responsabilidad de
tomarlo en serio y combatirlo con eficacia acusan del mal a sus
adversarios o niegan su relieve. Ese perverso Indec de la delincuencia
asegura que no pasa lo que sucede. Los promotores de esa distorsión
escalofriante no vacilan en afirmar que tres muertos a tiros no suman
más que un contuso ni en rematar su ejercicio de la indignidad
argumentando, sin que les tiemble la voz, que hogares y comercios
asaltados no conforman una tragedia, sino una sensación.